¿Un mundo feliz?

El otro día tuve una interesante conversación en Twitter con @radurdin y @m4ugan. A raíz de nuestro podcast sobre 1984, en el que habíamos declarado como distopía la obra de Aldous Huxley «Un mundo feliz», se iniciaba un debate sobre si realmente la sociedad fordiana era distópica o si, por el contrario, pudiera ser considerada como utópica. La falta de caracteres hizo que la discusión derivara a este artículo de @radurdin que hoy me dispongo a rebatir en el blog.

Lo primero de todo, obviamente, es dejar claro de qué estamos hablando. Para ello, lo mejor será empezar definiendo conceptos.

¿Qué es una utopía?

Dado que el término aparece por primera vez en la obra homónima de Tomás Moro, parece justo comentarla brevemente.

Utopía es una comunidad pacífica, que establece la propiedad común de los bienes, en contraste con el sistema de propiedad privada y la relación conflictiva entre las sociedades europeas contemporáneas a Tomás Moro. A diferencia de las sociedades medievales en Europa, las autoridades son determinadas en Utopía mediante el voto popular, aunque con importantes diferencias con respecto a las democracias del siglo XX. 

La Utopía de Moro es la oposición a la realidad que él ha conocido. El escritor utilizó su novela para realizar una crítica por comparación: mostrando una posible sociedad corregida, resalta los defectos de la sociedad real.

¿Qué es una distopía?

El término distopía fue acuñado por John Stuart Mill, aunque hay que señalar que este filósofo y político inglés también incluía en su vocabulario como sinónimo de distopía el neologismo cacotopía, creado por el pensador  Jeremy Bentham (curiosamente, el inventor del panóptico).

Según Mill: «Tal vez sea demasiado gratuito llamarlas utopías, deberían preferiblemente ser llamadas distopías o cacotopías. Lo que comunmente se llama utopía es algo demasiado bueno para ponerse en práctica, pero lo que estas obras presentan es demasiado malo para ser factible«.

La distopía es una advertencia. Una crítica por exageración, esta vez. Se presenta una sociedad imposible, extrema que advierte sobre los peligros de las tendencias actuales. Se utiliza el futuro para alertar sobre el presente.


¿Cuál es, por tanto, la diferencia entre ambas?

Siendo ambas críticas feroces a una realidad presente, su principal diferencia radica en la imposibilidad de la primera frente a la viabilidad de la segunda. La utopía se entiende como inalcanzable, la distopía se interpreta como la posible culminación de una tendencia real. La sociedad distópica guarda inquietantes similitudes con la sociedad sobre la que pretende advertir. La sociedad utópica resulta ser todo lo contrario.

¿Por qué es la utopía inalcanzable? La sociedad utópica no tiene fisuras, ahí radica su imposibilidad. La utopía no admite errores. Es perfecta, idílica. Un solo ciudadano descontento termina con la utopía. La sociedad distópica, sin embargo, provoca esa infelicidad. No en vano, cualquier sociedad distópica se basa en el control de los individuos. En la distopía se ha de impedir que el ciudadano se rebele, en la utopía el ciudadano no desea rebelarse en ningún caso. Sin excepciones.

¿Por qué considero que «Un mundo feliz» es una distopía?

A priori, podriámos encontrar ciertas similitudes entre la sociedad fordiana de Huxley y la isla de Utopía de Moro. En ambos casos, se nos describen sociedades que velan por el bienestar de sus habitantes, en los que la convivencia resulta pacífica. Los utopianos tienen, al igual que los fordianos, trabajos asignados y dedican su tiempo libre a realizar actividades de ocio. Y, la que seguramente sea su mayor similitud: en ambos casos se persigue la felicidad de los ciudadanos.

<< En Utopía, como todo es de todos, nunca faltará a nadie mientras todos estén preocupados de que los graneros del Estado estén llenos. Todo se distribuye con equidad, no hay pobres ni mendigos y aunque nadie posee nada todos sin embargo son ricos. ¿Puede haber alegría mayor ni mayor riqueza que vivir felices sin preocupaciones ni cuidados? >> [Utopía]

Pero su mayor similitud es también su mayor diferencia. Moro nos propone un sistema igualitario, de libre albedrío y equitativo. Huxley, por el contrario, nos habla de un sistema de castas en el que el comportamiento humano ha sido condicionado desde la concepción. La felicidad de los utopianos es innata, la de los fordianos prefabricada.

<<  -Y este -intervino el director sentenciosamente-, éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social. >> [Un mundo feliz]

Los ciudadanos de Utopía son genuinamente libres, sin embargo, en Un mundo feliz dicha libertad no existe. Toda respuesta a cualquier estímulo ha sido creada artificialmente en una sala de condicionamiento pavloliano. 

<< Todos en Utopía trabajan en actividades útiles, que requieren poco trabajo. No debe extrañar, pues, que ante la abundancia de todas las cosas necesarias, se envía de tiempo en tiempo a gran número de trabajadores a reparar las vías públicas que pudieran estar deterioradas. Con frecuencia, incluso, si la necesidad de estos trabajos de reparación no se hace sentir, se anuncia oficialmente la disminución de las horas de trabajo. No se debe pensar que los magistrados impongan a los ciudadanos contra su voluntad horas extras de trabajo. >> [Utopía]

<< -¿Cómo puedo decirlo? -repitió Bernard en otro tono, meditabundo-. No, el verdadero problema es: ¿Por qué no puedo decirlo? O, mejor aún, puesto que, en realidad, sé perfectamente por qué, ¿qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese libre, si no me hallara esclavizado por mi condicionamiento?

-Pero, Bernard, dices unas cosas horribles.

-¿Es que tú no deseas ser libre, Lenina?

-No sé qué quieres decir. Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz.

Bernard rió.

-Sí, hoy día todo el mundo el feliz. Eso es lo que ya les decimos a los niños a los cinco años. Pero ¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? A tu modo, por ejemplo; no a la manera de todos. >> [Un mundo feliz]

Señala Radurdin la posibilidad del exilio que nos proporciona Huxley en Un mundo feliz. Aunque a priori pueda parecer una salida para aquellos que no comulgan con las estrictas normas de la sociedad fordiana, lo cierto es que más que una alternativa, las islas son un castigo. Extraigo dicha conclusión de la conversación que, en el capítulo XVI, sostienen Bernard y el Interventor:

<< El Interventor suspiró.


-Casi me ocurrió lo que va a ocurrirles a ustedes, jovencitos. Poco faltó para que me enviaran a una isla.


Estas palabras galvanizaron a Bernard, quien entró súbitamente en violenta actividad.

-¿Que van a enviarme a mí a una isla?

Saltó de su asiento, cruzó el despacho a toda prisa y se detuvo, gesticulando, ante el Interventor.

-Usted no puede desterrarme a mí. Yo no he hecho nada. Fueron los otros. Juro que fueron los otros.

-Y señaló acusadoramente a Helmholtz y al Salvaje-. ¡Por favor, no me envíe a Islandia! Prometo que haré todo lo que quieran. Déme otra oportunidad. -Empezó a llorar-. Le digo que la culpa es de ellos -sollozó-. ¡A Islandia, no! Por favor, Su Fordería, por favor… >>

Las islas no son mucho mejores que la habitación 101 de Orwell. Una amenaza más con la que mantener controlada a la población, con la que calmar las ansías de rebeldía de los disidentes. Y Bernard Marx, con sus inconformismo y sus inquietudes, lo es. Al contrario de la neumática Lenina, Bernard no comparte la felicidad enlatada de la sociedad fordiana. Pero la alternativa es el destierro, por lo que opta por la adaptación. Bernard lucha por permanecer dentro de una sociedad que detesta porque no existe nada mejor.

La lectura de «Un mundo feliz» enfrenta al lector con su realidad. Huxley pretendía alertarnos sobre los peligros de la industralización (seres humanos siendo producidos en cadena, Ford convertido en una deidad) mediante la exageración de una realidad ya existente. La sociedad fordiana es una posible consecuencia de lo que sucedía entonces (y hemos podido comprobar que Huxley no iba tan desencaminado. No es, por tanto, una utopía ya que, bajo mi punto de vista, dista mucho de ser idílica o, incluso, imposible.