Sobre sueños inalcanzables…


Recuerdo que cuando era pequeña quería ser presidenta de los Estados Unidos. Estaba convencida de que el cargo implicaba un poder ilimitado y yo quería utilizarlo para conseguir la paz mundial. De nada me servía que mis compañeros de clase tuvieran metas más asequibles como ser futbolista o médico. Yo no quería vivir una vida normal, yo quería cambiar las cosas. Soñaba con aparecer, algún día, en la enciclopedia granate del salón como esas personas cuyas vidas solía contarme mi padre.
Cada vez que un adulto se topaba con aquella respuesta resabiada pronunciada con una certeza absoluta, no tardaba en intentar quitarme la idea de la cabeza. Había muchos argumentos en contra: yo era mujer, española y ni siquiera sabía inglés. No era muy difícil encontrar un motivo que me impidiera alcanzar mi sueño. Y ellos, los adultos, me los dieron todos. Lo que no me dio nadie, ni una sola persona fue un motivo para perseguirlo.
Y eso es lo que aprendí cuando guardé mi sueño en el trastero, junto a la vieja enciclopedia granate: En el mundo de los adultos, es muy fácil rendirse pero muy difícil luchar.
Yo vendí mi sueño por una realidad tangible, como tantos otros hicieron antes que yo. Acepté que cambiar el mundo era imposible y que lo más sencillo era limitarse a vivir una vida discreta y apacible.
Yo estaba convencida de eso, la verdad. Aburrida también y desencantada, pero convencida a fin de cuentas. Me había pasado veinte años creyendo a pies juntillas lo que me dijeron de niña y otra realidad parecía imposible.
Hasta el quince de Mayo de 2011, el día en que vi como miles de personas salían a la calle a luchar por eso, un sueño. Y volví a creer en algo, aunque aún no sabía bien en qué.
Hay mucha gente que piensa que el sistema no puede cambiar. Que la corrupción es inherente al cargo y que lo mejor es resignarse y callar. Hay mucha gente que lleva toda su vida escuchando esto mismo y, por esa razón, se ha convertido en un axioma para ellos.
Lo cierto es que no es verdad y la historia está llena de ejemplos que demuestran que el cambio es posible. Implica, eso sí, luchar. Una lucha de magnitudes inimaginables que a veces nos hará flaquear y caer de rodillas. Una batalla que ya lucharon otros antes que nosotros y que, aunque les costara la vida, llevaron hasta sus últimas consecuencias.
Yo soy la mujer que soy ahora porque hubo mujeres que lucharon por mí, por ellas mismas y por las mujeres que estaban por llegar. Lucharon por una igualdad que creían imposible, lucharon por unos derechos que nos habían negado durante siglos. Y, aunque al principio nadie creía en ellas, lo consiguieron.
No soy de derechas, ni soy de izquierdas… ni siquiera soy quincemayista. Lo cierto es que solo soy una persona, una persona normal a la que enseñaron a no luchar por sus sueños, a rendirse, a vivir una vida fácil. Y aquí estoy, para decir que no es cierto, que la vida no tiene que ser fácil para ser perfecta. No comparto por completo la ideología del 15m pero si estoy de acuerdo en algo: hace falta un cambio y nosotros somos la clave para conseguirlo. Podemos cambiar el mundo.