Se me escapa el aire mientras olvido destinos escritos que nunca pudimos cambiar

Hicimos de las posibilidades una imposibilidad que acabó por separar nuestros destinos. Nos cruzamos en futuros impares que nunca se ponían de acuerdo. Nuestra historia se suicidó porque nunca entendió como todo lo que había siempre se quedaba en nada… y morimos un poco en un final que no existió porque, sin despedidas, solo nos quedan las decisiones que nunca tomamos.

Ahora que el pasado ya está demasiado atrás como para alcanzarlo, parece un poco más improbable escapar del presente. Esa tabla de salvación que llevaste durante años bajo el brazo, se cayó en algún punto del camino y te resulta imposible retroceder para recuperarla. No, no podía permanecer a la espera de tu próximo naufragio… y te dio un ultimátum que tu decidiste ignorar. Ahora eres responsable de tu propia supervivencia. La opción de aprender primeros auxilios resulta tentadora. Ese miedo que cuajó en las heridas que nunca cicatrizaron aún te hace temblar en las noches de luna menguante.

Aquellas alas que una vez te elevaron a las estrellas, hoy se encuentran dentro de una jaula de responsabilidades. Piensas que, tal vez, pudiste salvarlas. Te sientes un poco culpable porque sabes que su destino estuvo en tus manos y tú, con indiferencia, lo arrugaste con una sola mano y lo tiraste a la primera papelera que viste. Ahora ya no vuelas como entonces porque, en el fondo, siempre te dieron miedo las alturas. O puede que ese miedo apareciera como una fobia cualquiera, fruto de aquella caída que te vio estrellarte en un suelo cubierto de alfileres.

Te dejó caer. Tú estirabas tu mano, desesperada e impotente, en un vano intento de sujetarte… pero él te soltó. Y, desde entonces, no volviste a ser la misma. Tu confianza se quedó aferrada a esos dedos que te arrojaron al vacío. Moriste un poco ese día y mueres un poco ahora cuando, entre la nitidez de los hechos y la percepción realista que el tiempo te ha proporcionado, notas que la nostalgia aún deambula por tu pecho. Añoras la parte de ti que había en él. Echas de menos ser de la manera en que eras porque nunca más volviste a ser así. Te duele todavía un poco y, cuando te tocas el corazón, encuentras algún alfiler rezagado. Nunca te recuperaste del todo y lo sabes.

Entonces, como si de una visión o un mal sueño se tratase, imaginas un presente diferente al tuyo. Es el presente de los “y si”, de las posibilidades, de las decisiones que no tomaste… es el presente que nunca tendrás y que, seguramente, nunca hubieras tenido. Empieza bien, idílico y perfecto como solía ser. No duele ya, no aquí en este sueño… solo escuece un poco. La realidad entra, primero de puntillas, luego a grandes zancadas. Completa el espacio vacío que había dejado la perfección en tu cabeza. Y te ves a ti misma cortando esas alas. Te ves no muy diferente de ahora, no muy igual. Ves que las cosas no cambiaban tanto, que las heridas no han curado… y entiendes. Entiendes que de tu presente, de tu realidad basada en las decisiones que sí tomaste, no pierdes nada. Solo has ganado. Solo has avanzado… y todo eso que parecía no llegó a ser por una razón mucho más poderosa que el destino.