Se cayó..

Se cayó al suelo como quién se cae por primera vez, con prisas y asustada. Solía decir que no temía a nada pero se encontró con todos sus temores juntos en la baldosa contra la que fueron a dar sus esperanzas.
Una llamada que no llegaba y un mensaje que llegó demasiado tarde: decisivo, desesperanzador, demoledor. Lo poco que le quedaba estaba hecho añicos en alguna parte entre sus rodillas y su cuello. Ahora era lo que siempre había temido…

Ella le prometió una libertad en la que no creía y él la recibió sin cuestionarla. Cuando esperas algo durante tanto tiempo, no puedes perder más en plantearte si es real… aunque sepas que es una mentira piadosa, de esas que se cuentan para lograr nuestros objetivos sin dejar muchos muertos en el campo de batalla.
Él le regaló sus horas como si no quedase nada más en su mundo que minutos para compartir con ella. Con tantas ganas que parecía cierto. Con tanta necesidad que, a veces, asombraba.
Y ella le creyó porque no tenía nada que perder entonces. Solo unos brazos abiertos como puertas, de par en par, suplicando un cariño que empezaba a calentar su piel en los meses de invierno.
Era un favor mutuo que los dos se hacían, engañándose y mintiéndose, comprendiéndose y abrazándose como si no fuese posible que sucediera de otra manera.
Fueron meses de promesas que nunca llegaron a cuajar, de esperanzas que se quedaban siempre en el marco de la puerta de aquella habitación que había aprendido a espiarlos sin decir nada. Fueron meses de silencios y llamadas desesperadas, que sonaban con esa melodía que parece de despedida y, a la vez, es un saludo hueco y marchito.

Y al final, ni sus sueños supieron sostenerse por más tiempo sobre aquellas mentiras tempranas y desproporcionadas. Se vieron a sí mismos como desconocidos y entendieron que el final no era más que el principio que habían creado. Estaban sentenciados desde que intercambiaron sus primeras palabras. Hay historias que nacen condenadas a morir prematuramente, historias que se inventan para llenarse de sufrimiento y penas, historias que se ejecutan como penas de muerte precipitadas.

Él encontró una historia que no estaba aún escrita ni decidida y ella se quedó esperando una llamada que nunca se realizó, como quién espera que el cielo se ilumine en plena noche. El olvido se coló entre sus sábanas y nunca volvieron a enredarlas entre sus cuerpos. Se fueron alejando cuando la verdad se presentó en esa realidad furtiva que les había abandonado hacía tanto tiempo. Las oportunidades habían fallecido entre sus besos y su hipocresía.

Un día ella escribió un mensaje con su rabia y el puñado de errores que había ido acumulando en torno a él… cuando lo recibió supo dos cosas: que era demasiado tarde y que siempre había estado equivocado.

Después de aquello, nada.