Nunca te dije…

Nunca te dije que te quería. No me parecía importante al principio y luego me dio vergüenza. No era algo fácil de decir, no era como si pudiese colarse en cualquier conversación corriente y seguir hablando como si nada. Yo no podía decirte “pásame la sal y, por cierto, te quiero” y esperar que tú me pasases el frasco de sal sin preguntarme nada más. La rutina no está hecha para confesar sentimientos.

Luego pasó el tiempo, pasaron las cosas, nos pasó la vida… y yo empecé a entender que se acababan las oportunidades, que se agotaba el tiempo.

Huí. Tuve tanto miedo que salí corriendo en dirección opuesta. No quería estar allí y ver como todo se derrumbaba. Llegué a pensar que, si me marchaba yo, tu partida no me costaría tanto.

Me equivoqué. No hay nada que pueda prepararte para un final, nada. Siempre duele, no importa lo lejos que estés. Se clava en el alma como una bala.

Volví cuando solo quedaban dos pasos entre tus pies y el desenlace. Volví para despedirme, volví porque no podía seguir fingiendo que no me importaba. Pero no pude hablarte porque tú ya no podías oírme.

Me arrepiento de mi cobardía, de mi estupidez, de mi ignorancia… me arrepiento de las oportunidades que no supe aprovechar.

Ahora lloro a ráfagas cuando los recuerdos caen sobre mí como una avalancha. A veces todo parece seguir en pie y otras me encuentro pisando un montón de escombros. No sé muy bien que gané, pero tengo muy claro lo que perdí… y se me agotaron las excusas hace tanto que terminé por reconocer la verdad.

Nunca te dije que te quería y nunca sabré si tú llegaste a saberlo.