A mí nunca me gustaron los finales

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Y de repente llega un día en el que el tiempo dejan de ser los segundos. El reloj pierde su significado. Porque ya no es ese tiempo el que pasa, no. Es algo distinto. Es como que, de pronto, el ayer es demasiado remoto. Y hay una parte de ti que quedó tan lejos que te cuesta recordar los motivos, los porqués… lo que tanto importó entonces y que ahora ya no es más que un recuerdo. A veces demasiado confuso, a veces demasiado parecido al olvido. Y no te reconoces en esa que te contaron que fuiste. No sabes si algún día esta que eres ahora será también una desconocida. Ahora que sabes que todos tus presentes se convertirán en ayeres de alguien a quien quizás aún no has conocido, alguien que es posible que aún no seas. Una historia tan lejana que te cuesta creer que sea la tuya. Y te parece que la hubieras leído en algún libro, que alguien hubiera inventado el personaje en el que te has convertido. Y no sabes si ese pasado realmente te pertenece o lo coges de prestado a ratos para justificarte. Para poder decir soy quien soy porque vengo de donde vengo pero, ¿de dónde vengo? ¿quién soy? A veces me gusta detenerme y bajar la mirada hacia mis pies. Quietos, fuertes, arraigados. Quizás sólo sea eso: ese segundo, esa pisada. Sin prisa, sin llegar tarde a ninguna parte. Porque llega un momento en el que el tiempo se deja de medir en segundos y empieza a medirse en oportunidades perdidas, en arrepentimientos, en palabras no dichas. Y en ese futuro que se va encogiendo cada vez más. Y en ese pasado que no para de crecer. Y en saber que no estás al principio de tu historia, que lo tuyo ya es como poco el nudo. Y después de los nudos siempre vienen los desenlaces. Y a mí nunca me gustaron los finales.

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