Los sustitutos

Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Llegó la misma madrugada que murió el cura. Sin decir nada, se puso su sotana y ofició el sepelio. Al día siguiente, nadie era capaz de distinguirle del auténtico. Los demás fueron llegando poco a poco. Cada vez perfeccionaban más su técnica. Aparecían segundos después del deceso y sustituían al difunto. Su capacidad de mimetización mejoró tanto, que resultaba imposible controlar los reemplazos. Finalmente, dejaron de publicarse esquelas en el periódico. Los sustitutos se habían vuelto indetectables. Desde entonces, todos nos miramos con recelo. Ya no se puede confiar ni en uno mismo.