Los días de nieve

No hemos cambiado tanto. Yo aún recuerdo como era tener los dedos congelados. Las bolas de nieve se derretían entre mis manos antes de que pudiera sentirlo. ¿Lo recuerdas? Siempre me olvidaban los guantes en casa. Tú me prestabas uno de los tuyos. El derecho normalmente. Decías que era la única mano que necesitaba porque era la que utilizaba para escribirte cuentos. Los días de nieve eran mágicos. El mundo se detenía y las calles cambiaban de color. Todo era tan blanco, tan suave, tan frío… era como si lo estuviéramos soñando. Te recuerdo a ti gritando al levantar la persiana. Tus ojos eran el blanco reflejo de tus ilusiones. Me despertabas saltando sobre mi cama. Era divertido verte así, completamente feliz. Creo que nunca fuiste tan feliz como entonces. Yo tampoco. Los días de nieve se nos olvidaba todo. Era como si el mundo real nos diera una tregua. Hasta mamá sonreía cuando nos decía con complicidad que podíamos saltarnos las clases. Y entonces cogíamos los abrigos y nos lanzábamos a la batalla. Los niños abarrotaban las aceras. La nieve se iba convirtiendo en barro sin que nos diéramos cuenta.

Conservo algo del que era entonces. Aún miro la nieve con ilusión, aunque ya no se detiene el mundo cuando amanece nevado. Ahora tengo que usar las cadenas, las mismas que me atan a la rutina, para mantener mi vida en funcionamiento. Es menos mágico que entonces, pero yo procuro fingir que no me entero. Mantengo mi ilusión, ¿sabes? Me gusta pensar que tú también lo haces. Donde sea que estés, si allí también nieva, seguramente alguno de esos copos te lo haya lanzado yo desde aquí porque, por mucho que hayan cambiado las cosas, me sigo olvidando los guantes en casa. Es entonces cuando más te echo de menos, cuando mi mano derecha comienza a congelarse y pienso que pasaré un día más sin escribirte uno de mis cuentos.

Pd. El concurso sigue…