La mecedora

La mecedora del abuelo tenía carácter. Era vieja, fea y chirriaba al balancearse pero presidía el salón como si del mejor mueble de la casa se tratase. Tratamos durante años de bajarla al sótano pero, cuando te dabas media vuelta, la mecedora volvía al lugar donde siempre había estado.
Era difícil conseguir que se quedase quieta cuando no quería ser ocupada. La vecina del sexto, que bajaba de vez en cuando a tomar café, se rompió la cadera intentando sentarse encima. Sin embargo, cuando quién ocupaba el asiento era mi madre, la mecedora se balanceaba con suavidad, como si la estuviese acunando. Todos pensábamos que aquella mecedora tenía el mismo carácter que el abuelo, que nunca había soportado las visitas inoportunas.
Cuando, años más tarde, hice las maletas para dejar la casa de mi infancia lamenté no poder llevarla conmigo. Mi nuevo hogar era un impersonal y pequeño apartamento con cuatro muebles prefabricados y un enorme ventanal con vistas al mar. Para mi sorpresa, nada más entrar, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Allí, junto a la ventana, la vieja mecedora se balanceaba de alegría. Debí de haberlo supuesto, a fin de cuentas, el abuelo siempre quiso ver el mar.