Eres (soy)

Verás, nunca nos habían presentado. Eres yo, o yo soy tú. Como prefieras. Nos hemos visto antes, seguro que lo recuerdas. En el espejo cada mañana. En fotografías. En algún que otro reflejo inesperado. En las retinas de la gente.

Nunca nos habíamos detenido a conocernos. Ya ves, toda la vida juntas, se daba por sentado. Pero ahora entiendo que no. Que no es tan sencillo, verás, hace falta tiempo. Que no eres solo piscis, doce de marzo, mil novecientos ochenta y cinco. Que no eres solo el cinco tres cinco seis o el seis siete. Ni la letra Q o un A+. Ni ciento setenta y cuatro centímetros. Ni el nombre que sigue a la arroba, ni tu alergia a los gatos, ni tu frigorífico vacío o tu reciente adicción a la piña. Bien, todo eso forma parte de ti, sí… pero no eres tú. Tú eres más que la suma de tus partes. Eres, también, la forma en que otros te ven. Y la forma en que tú lo interpretas. Eres cada palabra que dices pero también eres cada silencio. Cada parpadeo al pasar de página. Cada mirada perdida. Cada frase de esa canción que cantas a voces mientras conduces hasta que alguna mirada ajena te hace sonrojar. Eres todo lo que has dejado a medias, pero también lo que has concluido. Tus errores y tus aciertos. Los lugares que has pisado y todos con los que aún sueñas. Eres una frase con acento extranjero y una llamada de skype cruzando el charco. Tu aversión a los finales y tu inseguridad con los principios. Las fotos que quitaste de las paredes y las frases que escribiste en ellas. Cada una de las palabras que hay en tus zapatos verdes. Y ese amanecer, sí, definitivamente eres ese amanecer. Pero también fuiste todos aquellos atardeceres.

Sé que ahora mismo todo esto te parece raro. A mi también me pasa. A veces siento como si todo fueran primeras veces. Como si todo hubiera empezado de cero y yo tuviera la necesidad de aprender a andar sin caerme al suelo. Pero te caerás, es lo único que te aseguro. También te prometo que siempre encontrarás una mano a tu lado, dispuesta a ayudarte a levantarte. Y, si no está ahí, busca con la mirada un espejo. Comprenderás que tu mejor aliada eres tú misma. Y sonreirás, por supuesto, porque nada te gusta más que una buena sonrisa.