Dolor

Vale la pena. El dolor, digo. La tristeza. Cada una de esas lágrimas, merece ser derramada. A veces, sufrir, sirve de algo. No siempre, claro, hay lamentos gratuitos. Hay algunas cosas que nadie debería sentir nunca… pero yo no hablo de eso. Yo me refiero a ese dolor que sentimos cuando perdemos a alguien que amamos. Da igual la causa. Puede que sea porque se ha ido. O quizás porque nos ha olvidado. O puede que, tal vez, se haya alejado tanto de nosotros que no conseguimos alcanzarle aunque esté a nuestro lado. Hay veces que pasa, ¿sabes? La gente se va aunque, aparentemente, permanezca. Y es entonces cuando toca ser fuerte.

No es fácil. La gente se clava en nuestra alma junto al puñado de recuerdos que han creado junto a nosotros y eso no se va con un adiós. Puede que no se vaya nunca peor, ¿quién quiere olvidar? Solo te duele la gente que te ha importado. La gente que ha estado ahí de verdad, la que ha llegado donde otros no lo hicieron, la que te ha herido mortalmente… porque solo nos apuñalan aquellos a quienes entregamos la daga. De otra manera, no podrían hacerlo.

Es la capacidad que tenemos de amar lo que nos hace vulnerables. Nos quedamos desnudos, a expensas de su abrigo… y, cuando se va, parece que vamos a morir de frío. Duele entonces, tanto como si no fuese posible superarlo. Se nos clava dentro y nos abre el pecho en dos. Pero el dolor, por fuerte que sea, termina por mitigar… y, aunque no se vaya, aprendemos a sobrellevarlo. El tiempo dicen, cura todas las heridas. A veces no las cura del todo, pero si que las venda, para que no escuezan tanto. A mí me gusta que duela un poco, lo confieso. Solo así sé que realmente he amado. Y eso, para mí, lo es todo.

Vale la pena porque es una prueba, una realidad. Es la certeza de saber que has amado. Es el hecho de saber que quisiste a alguien con toda tu alma, le conociste, estuviste a su lado. Es lo que te queda, lo que perdura. Eso y los recuerdos te aseguran que fue cierto, que fue real. Y seguiste adelante. Lo superaste, pudiste con ello. Sigues en pie, pese a todo.

Al final te quedan los recuerdos. La gente que conociste, las personas que amaste. Te quedan tus errores y tus aciertos. Te queda la sensación de haber vivido y la vida, a veces, duele.