Diez libros

El otro día leí que alguien opinaba que uno de los libros de esta lista estaba sobrevalorado. La verdad es que dudo que se pueda sobrevalorar un libro. Los libros no son por sí mismos, los libros son con la persona que los lee, una simbiosis. Siempre he dicho que los libros que gustan a todo el mundo son mediocres. Los libros buenos de verdad, los que realmente merecen la pena tienen que removerte por dentro. O te apasionan o los odias, pero jamás te dejan indiferente. Porque, ¿qué incluirías en una lista de únicamente diez libros? ¿La última novela que te gustó? ¿Ese libro que aparece en el número 1 en las listas de las 100 mejores novelas? ¿Un best seller? Yo en mi lista pondría los diez libros que han supuesto algo en mi vida. Los que me obsesionaron, los que me apasionaron, los que me hicieron interesarme por algo que jamás me había interesado antes, los que me revolvieron el alma, los que me abrieron los ojos… y, por qué no, los que detesté. Porque los libros son como las personas: vas a encontrarte con muchos a lo largo de tu vida, pero sólo unos pocos te dejarán huella.

Rebelión en la granja de George Orwell

Porque aunque esté completamente obsesionada con 1984 y las novelas distópicas, esta fue la primera novela de Orwell que leí. La primera versión que llegó a mis manos era un cómic para niños. Recuerdo perfectamente que se lo enseñé a mi padre y me dijo que algún día reelería aquel libro y me parecería otro completamente distinto. Por supuesto, no entendí que quería decir. Después de aquel cuentecito ilustrado vinieron los dibujos animados y tiempo después me hice con el libro. No me gustó absolutamente nada. Pero un día aquel libro volvió a aparecer y yo decidí volver a leerlo. Y entendí por fin lo que mi padre me había querido decir años antes. Después de aquello quise leer 1984, que por aquel entonces gozaba de cierta popularidad gracias a cierto programa de televisión recién estrenado que utilizaba sus ideas, y aquella novela sí que la entendí a la primera.

Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

El principito de Antoine de Saint-Exupéry

Porque, aunque leí esta historia siendo una niña, no lo comprendí hasta que me hice adulta. Recuerdo que era un libro viejo, usado y desgastado que había encontrado en casa de mi tía y que había cogido atraída por el dibujo de la portada. Lo leí, como leía todo lo que caía en mis manos, pero no le otorgué mayor importancia. Años más tarde volví a encontrarme con él y decidí releerlo. No sé cómo explicar lo que sentí. Fue como si, después de pasar durante años por un mismo lugar, uno descubriera de pronto que allí se oculta un tesoro. La historia era la misma, la lectora también, pero la lectura había cambiado. No en vano, el mismo Saint-Exupéry aclara que es un libro para niños, para los niños que fuimos los adultos que somos. Quizás sea que necesitamos perder la inocencia para poder verla.

A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’ Pero en cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’ Solamente con estos detalles creen conocerle.

El guardián entre el centeno de J.D. Salinger

Porque si tuviera que quedarme con un único personaje, sería Holden Caulfield, aunque sólo sea porque a veces tiendo a sentirme como si deambulara sin rumbo por Manhattan y no supiera explicar dónde van a parar los patos cuando el lago se congela. Porque es un libro que sin contar nada lo dice todo: lo que dejamos de ser y lo que empezamos a tener que ser, lo que perdemos, lo que echamos de menos, lo que anhelamos… Porque Salinger habla de búsqueda y de nostalgia, de miedo y de soledad. De saberse desubicado y sentir la necesidad de ubicarse. De pérdida, sobre todo habla de pérdida. Porque todos nos hemos perdido alguna vez, porque todos hemos perdido alguna vez.

Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas.

Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández

Porque nunca agradeceré lo suficiente el haber tenido un profesor de literatura enamorado de la poesía de Miguel Hernández, Antonio Machado, Lorca, Luis Cernuda, Pedro Salinas… Recuerdo que estuve meses sin querer leer otra cosa, que mis paredes se llenaron de poesía y que devoraba los poemarios que sacaba de la biblioteca. Podría haber mencionado el Romancero gitano, Soledades o Donde habite el olvido, pero me quedo con Miguel Hernández, aunque sólo sea por esta estrofa.

Alrededor de tu piel
ato y desato la mía.
Un mediodía de miel
rezumas: un mediodía.

El país de las últimas cosas de Paul Auster

Porque nunca antes un libro me había anudado la garganta de esa manera. Como si me retorciera las entrañas. Creo que fue la primera vez que necesité dejar pasar un tiempo antes de poder plantearme empezar otro libro. No en vano, es uno de los pocos libros que he intentado releer y no he podido hacerlo. No por falta de ganas, es más bien esa sensación de no poder superar la vez primera, de que una segunda sólo enturbiaría esa lectura en lugar de enriquecerla.

 Tu mente parece negarse a formar las palabras, no puedes forzarte a pronunciarlas, ya que aquello que tienes delante no es algo que puedas separar fácilmente de ti mismo. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de aquello que te hiere; no puedes simplemente mirar porque, en cierto modo, cada cosa te pertenece, forma parte de la historia que se desarrolla en tu interior. Supongo que debe ser bueno endurecerse hasta tal punto que nada pueda afectarte nunca más; pero entonces te quedarías solo, tan absolutamente al margen de los demás que la vida se volvería imposible. Aquí hay algunos que logran hacerlo, que encuentran el coraje para convertirse en monstruos; pero te sorprenderá saber qué pocos son. O, para decirlo de otra manera, todos hemos terminado por convertirnos en monstruos pero no hay prácticamente nadie que no guarde en su interior algún vestigio de lo que solía ser la vida.

Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena

Porque la primera vez que leí este libro sentí que entendía a Alice y después de leerlo quise saber más. Sobre la mente humana y sobre esos renglones torcidos. Leí muchísimos libros de psicología y descubrí cosas de las que jamás había oído hablar antes. Porque creo que esta es una de las mejores reflexiones que he leído jamás en un libro. Y porque, a día de hoy, sigo sin saber diferenciar entre cuerdos y locos. 

 -El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añaden placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamano de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente añadido a la pura necesidad… ¡ya es arte!

Ensayo sobre la ceguera de José Saramago

Porque me apasionó de principio a fin, todo lo que cuenta y lo que calla. Porque después de leer este libro seguí con Las intermitencias de la muerte, El hombre duplicado, Todos los nombres… y durante meses no quise ni pude leer nada que no hubiera sido escrito por Saramago, llegando incluso a sentir que me sobraban signos de puntuación cada vez que escribía. 

Las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, a veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible.

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

Porque es imposible no soñar con Macondo y con los Buendía, con ese universo que el realismo mágico de García Márquez crea. Porque después de leer este libro quise conocer toda la obra de García Márquez y estuve durante meses obsesionada con la literatura latinoamericana en general y el realismo mágico en particular.

En cualquier lugar que estuvieran, recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

La soledad de los números primos de Paolo Giordano

Porque después de pasar media vida teniendo que elegir constantemente entre ciencias y letras, como si me encontrara en el medio de dos mundos opuestos y no pudiera existir en ambos al mismo tiempo, llegó Mattia y me hizo entender que tal vez no era cuestión de dividir, sino de integrar…

Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.

Moby Dick de Herman Melville

Porque lo detesté desde el primer momento. Me habían impuesto lecturas antes (El Quijote, La Celestina, El lazarillo de Tormes…) y había terminado por encontrar la manera de disfrutarlas todas. Había conseguido ser disciplinada y leer todas aquellas obras con constancia aunque con desgana, incluso había terminado por disfrutar de algún modo con su lectura. Hasta que llegaron el capitán Ahab y el Pequod. Fue el primer libro que no pude terminar, uno de los pocos. Lo dejé a pocos capítulos del final y ni siquiera me preocupó saber cómo acababa la historia de Ishmael. Curiosamente, ser el primer libro que me produjo un sentimiento de rechazo tan fuerte es lo que le sitúa en esta lista.

No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están.

*Un saludo para Rosa, que me cuentan por email que es lectora habitual del blog 🙂 

Un comentario

  1. alguien dice:

    Excelente selección, a mí me costaría la vida elegir sólo 10, la verdad >.<

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