Bolas de nieve

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Al final no supimos hacer las cosas. Nos fuimos callando por miedo a estropear algo que terminó estando tan roto que ya no teníamos ni ganas de intentar arreglarlo. Me quedé todas las veces, y fueron varias las caras en las que te perdí, con ganas de decirte que no merecía la pena. Dejarlo así, quiero decir, dejarlo morir de olvido. Porque me gusta pensar que las cosas que mueren alguna vez estuvieron vivas y, ¿no piensas que es mejor recordar una vida que un cadáver? Pero no hicimos nada por impedirlo. A veces por desidia, otras por orgullo, por no sentarnos a hablar, a explicarnos, a gritarnos a la cara. Y se fue quedando todo en un ya te llamaré mañana, cordial, hueco, embustero. Y ese mañana nunca llegaba, Se moría de vergüenza antes, se volvía vengativo. De algunas despedidas han pasado años, de otras apenas minutos. No sé si alguna sigue ahí, pudriéndose lentamente. Todas iguales, todas distintas. Como bolas de nieve que se cubren de polvo en la estantería, recordándome que hay cosas que solo funcionan cuando alguien las agita y que lo que no mueve nadie se queda así para siempre: congelado, muerto. Un trasto más que ya no le importa a nadie.  Hace tiempo que perdí la cuenta de las despedidas que almaceno en la garganta.