El cuento de la criada, de Margaret Atwood


Publicada en 1985, “El cuento de la criada” es una de las obras más importantes de la autora canadiense Margaret Atwood. Como curiosidad, fue ganadora del primer premio Arthur C.Clarke que se entregó, en 1987. Ha sido adaptada al cine y, recientemente, a la televisión. También existe una ópera.

Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.

Nos encontramos en Gilead (como curiosidad, en la Biblia “Gilead” significa colina o montículo del testimonio de los testigos), antiguos Estados Unidos, actualmente bajo un régimen teocrático. Debido a una epidemia de infertilidad, derivada de la polución, los vertidos tóxicos, enfermedades varias y otros factores, las mujeres fértiles se han convertido en preciados bienes que se entregan como si de objetos se trataran a las familias más poderosas, son conocidas como las Criadas, uno de los estratos más bajos del particular sistema de castas de la sociedad gileadiana.

Mejor nunca significa mejor para todos, comenta. Para algunos siempre es peor.

No resulta nueva esta división social en castas o estratos, podríamos decir incluso que se trata de uno de los pilares de cualquier distopía. Quizás la más visual sea la que hace Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, aunque no podemos olvidar que Orwell también cuenta con su propia división, entre los miembros del Partido Interior, Exterior y Proles. En el caso de Atwood nos encontramos con un sistema cuya principal novedad es que los principales estratos sociales están segregados por género. Para las mujeres nos encontramos con un sistema de castas. En primer lugar, tenemos a las Esposas, en la cúspide de la pirámide, casadas con los Comandantes y pertenecientes a la clase más alta. Después seguirían las Marthas, mujeres infértiles encargadas de realizar las tareas domésticas en los hogares de la alta sociedad. Las Tías, mujeres encargadas de formar a las Criadas en el Centro Rojo. Las econoesposas, que son las mujeres casadas con cualquier hombre que no sea un Comandante. En penúltimo lugar estarían las Criadas y, por último, nos encontraríamos con la clase más baja: las No Mujeres. En este grupo se recogen a todas las mujeres “no aptas” para el sistema: Criadas que no han conseguido quedarse embarazadas, mujeres que han desobedecido la ley, prostitutas que no pueden seguir ejerciendo…

Los hombres, a su vez, tienen su propio esquema organizativo. Los Comandantes de la Fe, el rango más alto, son los únicos hombres con derecho a tener Criadas. En segundo lugar estarían los Ángeles, los soldados, con posibilidad de ascender a Comandantes. Después estarían los Guardianes de la fe, una especie de policía, formada principalmente por adolescentes y, por último, los Ojos. Al más puro estilo Orwelliano, este colectivo formaría una suerte de policía del pensamiento, encargada de velar por el cumplimiento de los valores puritanos del régimen.

Mientras los hombres sí tienen la posibilidad de ascender en el estrato social, las mujeres carecen de esa opción. Su única opción, en todo caso, es la de descender. No cabe lugar a dudas de que esta obra es, además de una distopía, un alegato feminista en toda regla.

Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que trabajar para ello.

Como viene siendo un clásico en las distopías, a las Criadas se las despoja de toda individualidad e independencia, convirtiéndolas en meras vasijas, recipientes cuya única finalidad es la concepción de un hijo para su propietario. Quizás el mayor símbolo de esto sea la supresión de su nombre, siendo sustituido por uno nuevo, con la estructura “Of + el nombre de su dueño”, denotando claramente la posesión o pertenencia a  la que son sometidas estas mujeres-objeto. Como ya hacía Zamiatin, en “Nosotros”, donde las personas se convertían en números y el yo se sometía al nosotros.

Además, como suele ser habitual en las distopías, se introduce el uso de uniformes como mecanismo de control. En el caso de las Criadas, se las viste con un hábito de color rojo, coronado por un gorro que limita la visión que los demás tienen de su rostro. El resto de mujeres de esta sociedad también se identifican con un color: azul para las Esposas, verde para las Marthas, marrón para las tías y un uniforme de rayas rojas, verdes y azules para las Econoesposas. Tal como sucedía en 1984, con esta uniformidad se consigue desprender al individuo de su identidad, desvaneciéndola en la grupal.

De este modo queda destruído el individuo, dejando únicamente una vacante dispuesta a ser ocupada por cualquier individuo que vista el color adecuado. Un ejemplo claro es el reemplazo del personaje de Ofglen.

La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación.  

Quizás la mayor novedad que introduce Atwood sea el mezclar episodios de la vida pasada de la protagonista con el relato en presente. Se podría pensar que esto no es nada nuevo. Winston Smith ya recurría con frecuencia a sus recuerdos en 1984, pero la diferencia en este caso es que Offred ha conocido una realidad fuera de la distopía, mientras que en 1984 el pasado ha sido deformado hasta el punto de desaparecer. Como ella misma dice varias veces a lo largo del relato, pertenece a la primera generación de criadas y, por tanto, nos ofrece una novedosa comparativa entre ambas realidades además de algo que, en mi opinión, resulta altamente refrescante: un relato del cómo, una descripción desde la visión subjetiva de Offred, de cómo pasa de vivir en una sociedad que podríamos considerar, en comparativa, utópica a encontrarse inmersa en una distopía.

Mi desnudez me resulta extraña. Mi cuerpo parece an­ticuado. ¿De verdad me ponía bañador para ir a la playa? Lo hacia, sin reparar en ello, entre los hombres, sin im­portarme que mis piernas, mis brazos, mis muslos y mi espalda quedaran al descubierto y alguien los viera. Ver­gonzoso, impúdico. Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina tan abso­lutamente.

La sexualidad ocupa una posición complicada en esta sociedad. En otras distopías, como “Un mundo feliz”, la reproducción se convierte en una cadena de producción, un proceso totalmente mecanizado y carente de todo erotismo. Algo similar sucede en la Gilead de Atwood. La reproducción, vista desde una perspectiva bíblica, se convierte en un acto carente de cualquier emoción o intimidad. En lo que se conoce como “La Ceremonia”, no hay cabida para el placer. Se trata de un acto mecánico, de obligado cumplimiento para las tres partes implicadas en el mismo.

Tengo la falda roja levantada, pero sólo hasta la cin­tura. Debajo de ésta, el Comandante está follando. Lo que está follando es la parte inferior de mi cuerpo. No digo haciendo el amor, porque no es lo que hace. Copular tam­poco sería una expresión adecuada, porque supone la par­ticipación de dos personas, y aquí sólo hay una implicada. Pero tampoco es una violación: no ocurre nada que yo no haya aceptado. No había muchas posibilidades, pero había algunas, y ésta es la que yo elegí…

No deja de ser llamativo el cinismo de que en una sociedad tan puritana, existan sin embargo Jezabeles (prostitutas), o que se incite a las Criadas a acostarse con otros hombres para lograr el tan ansiado embarazo, una dura crítica a la doble moral, algo que no resulta en absoluto ajeno a nuestra sociedad actual.

En la cama no se hace nada más que dormir… o no dormir. Intento no pensar demasiado. Como el resto de las cosas, el pensamiento tiene que estar racionado. Hay muchos que no soportan pensar. Pensar puede perjudicar nuestras posibilidades, y yo tengo la intención de resistir. Sé por qué el cuadro de los lirios azules no tiene cristal, y por qué la ventana sólo se abre parcialmente, y por qué el cristal de la ventana es irrompible. Lo que temen no es que nos escapemos –al fin y al cabo no llegaríamos muy lejos— sino esas otras salidas, las que si se posee una mente aguda es posible abrir dentro de una.

No falta, como en toda distopía que se precie, el castigo. Si en 1984 nos encontrábamos con la habitación 101, en Nosotros teníamos la temida máquina del Benefactor y en Un mundo feliz el exilio, en El cuento de la criada están las Colonias, el lugar al que se envía a las No mujeres a cumplir condena. Una especie de campos de trabajo en los que el destino inevitable es la muerte. Pero, como sucede en toda esta novela, incluso el castigo se encuentra segregado por géneros. Los hombres son castigados de manera ejemplarizante: sus cadáveres, ahorcados, son colgados en lo alto del muro para que todos sean testigos de sus crímenes. Este tipo de castigo también se aplica, en ocasiones particulares, a ciertas mujeres.

La noche es para mí, me pertenece; puedo hacer lo que quiera, Siempre que me quede callada. Siempre que no me mueva. Siempre que me estire y me quede inmóvil… Pero la noche es para mí. ¿A dónde podría ir?

Aunque, quizás, lo que más me haya gustado de esta novela haya sido la prosa de Margaret Atwood. Narrada por la propia Offred a modo de diario, la redacción se impregna de un tono intimista repleto de impresiones, sensaciones y reflexiones que no dejan indiferentes al lector. Una protagonista femenina, con todo lo que ello implica, que ofrece una nueva perspectiva de la distopía, una visión diferente de la misma y llena de matices que se dejan y saborear leer entre líneas.

Nolite te bastardes carborundorum.

Me faltan palabras para describir lo mucho que me ha entusiasmado esta novela. Una distopía pura, muy dura y tan sumamente bien escrita que no puedo más que quitarme el sombrero ante Margaret Atwood.